El asado no es una técnica. Es una filosofía.
En la tradición rioplatense, el asado es mucho más que cocinar carne: es un ritual social que puede durar todo el día. El fuego se enciende temprano, la brasa se prepara con paciencia, y mientras la carne descansa sobre la parrilla, el tiempo se detiene.
Nada de gas. Jamás gas. El fuego viene de la madera — a veces carbón pero a Chiche no le gusta — y de las brasas que ese fuego produce. El asador controla el calor acercando o alejando la parrilla, nunca apurado, nunca nervioso. Dos, tres, cuatro horas. El que está apurado que vaya al parripollo
Las achuras van primero. Las achuras no esperan.
"El asador no corre. El asador espera. Y en esa espera está todo el secreto."
Todo empezó con un encuentro. En una conferencia de seguridad, Chiche — ese uruguayo que aparece en cada evento infosec de la región como si hubiera sido convocado por el universo mismo — conoció a Carlitos Loyo, un venezolano asentado en Buenos Aires con la misma chispa, la misma hambre de comunidad.
La química fue inmediata. Y al año siguiente, casi sin pensarlo demasiado, organizaron el primer asado: treinta personas. Varios venezolanos que Carlitos trajo de su mundo porteño. Varios uruguayos (o todos porque no son muchos) que cruzaron el río con la misma fe ciega con la que se cruza todo gran río: sin saber muy bien qué les esperaba del otro lado, pero seguros de que iba a valer la pena, y el resto, argentinos y porteños (otra raza).
Fue una noche salvaje. Fue una noche perfecta.
Cada año, el asado creció. Llegaron los peruanos con su pisco. Los chilenos con sus... pisco. Los mexicanos con tequila y algo de picante que nadie pidió pero todos agradecieron, y los guatemaltecos con su Zacapa. Cada nacionalidad aportó su dosis de caos y alegría al fuego común.
No había publicidad. No había formulario de inscripción. El método era el de siempre: te enterás o no te enterás. Un chiste entre hackers que terminó siendo la regla de oro de este evento: la información más valiosa siempre llega por los canales informales y atenta contra las formalidades de otros eventos.
Llegó la pandemia. Llegó el silencio. Los eventos se clausuraron, las conferencias migraron a pantallas, y el fuego — ese fuego que solo existe cuando hay comunidad — tuvo que esperar. Pero el sentimiento quedó. Las ganas quedaron. El hambre quedó.
El regreso. Carlitos se había mudado, así que se exploraron nuevos territorios: una terraza a cincuenta metros del Obelisco, en el centro mismo de Buenos Aires. Setenta y cinco personas intentando entrar por un solo ascensor. Algunos uruguayos y peruanos quedaron atrapados veinte minutos en ese ascensor, solo ellos saben que sucedió, pero sabemos que hubo mucho cariño.
Carlitos emigró a España. El asado no se detiene por eso. Se encontró una cervecería. El lugar tenía su propio carácter, su propio olor a madera y fermentación. La carne convivió con el alcohol, las historias y la comunidad. Nadie se quejó.
Cerraron el lugar exclusivamente para el evento. Doscientas cincuenta personas. Ochenta y cinco kilos de carne a la parrilla. Los que estaban a cargo de la bebida tuvieron que ir a un ArgenChino a reponer en el medio de la noche porque nadie esperaba que esto llegara a tanto.
Se quedaron sin bebidas. Literalmente sin bebidas. Si eso no es una medalla de honor, no sabemos qué es.
Todo por el boca a boca. Todo por ese susurro que corre entre la comunidad infosec latinoamericana: "¿escuchaste donde es el asado de Chiche este año?"
El asado en acción.
La esencia del asado.
El asado no tiene fronteras. Chiche, uruguayos, mexicanos, venezolanos, peruanos, guatemaltecos, argentinos, porteños, chilenos, colombianos — todos juntos alrededor del mismo fuego, en comunidad. América Latina →
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